Areajugones

viernes, 6 de febrero de 2015

Metal Gear Solid, La oda a la paz desde un punto de vista bélico.

“Olvidaremos nuestros países. Dejaremos atrás las patrias para ser uno con la Tierra. No tenemos nación, ni filosofía, ni ideología. Iremos adonde nos necesiten. No lucharemos por un país ni por un gobierno, sólo por nosotros. No necesitamos un motivo para luchar. Luchamos porque somos necesarios. Seremos el arma de disuasión de los que no tienen otros medios. Somos soldados sin fronteras. La era en la que vivimos define nuestro objetivo. Tendremos que vendernos y vender nuestros servicios. Seremos lo que los tiempos pidan, revolucionarios, criminales, terroristas. Y sí, probablemente vayamos de cabeza al infierno, pero, ¿qué lugar es mejor que este? Es nuestro único hogar. Nuestro paraíso y nuestro infierno. Esto es Outer Heaven.” (Big Boss)
No hay duda de que cualquiera que tenga un poco de ojo crítico y sepa cuáles son las características que definen cualquier manifestación de arte, no degradará a mero entretenimiento, o chorrada infantil, que es lo más común a algunas de las obras con las que la industria del videojuegos nos ha deleitado y asombrado,  muchas de ellas auténticos portentos de narrativa y estética, a la altura de las más grandes creaciones literarias, cinematografícas o pictóricas.
Sí, el videojuego ha llegado a su madurez soñada (e intuyo que aún le queda mucho más que demostrar) y hoy en día deja en el más absoluto de los ridículos, por ejemplo, a la mayoría de películas o libros que pretenden, sin conseguirlo impactarnos, emocionarnos o enfurecernos. Este mal llamado “entretenimiento electrónico”, ya es consciente de que con las herramientas que posee, con la clarividencia de muchos de sus creadores, puede equipararse a las más grandes obras de otras artes, y es capaz de proponer al espectador/usuario una experiencia sensorial superlativa.
Cierto es que aún, como es normal en sociedades retrasadas, hay una gran disensión cuando hablamos de videojuegos, todavía hay quien cree que esto no son más que “tíos matando marcianitos”; a estos iluminados yo los comparo con los que creen que el buen cine de acción es Michael Bay o los que dicen que la literatura les da sueño, todos ellos transitan por la misma senda intelectual.
Pero si hablamos de creadores de esta disciplina, tenemos un buen puñado de hombres, epígonos de grandes cineastas y literatos, que han sabido ver el potencial artístico del videojuego, y se han aventurado a pisar caminos más arriesgados, a conformar creaciones capaces de llegar más allá del mero entretenimiento y activar los resortes imaginativos y emocionales del espectador. Ahí tenemos, por citar algunos, al gran Shigeru Miyamoto (‘Zelda’, ‘Super Mario’, ‘Donkey Kong’), Hironobu Sakaguchi (‘Final Fantasy’), Fumito Ueda (‘Ico’, ‘Shadow of the Colossus’), Ken Levine (‘Bioshock’) y muchos otros genios. Y cómo no, Hideo Kojima, artífice de la saga ‘Metal Gear Solid’, y uno de los más grandes artistas contemporáneos, cuya obra, de la que ahora hablaré, supone no sólo una cumbre en su aspecto jugable, sino también en su propuesta argumental, estética y formal.
Kojima, hombre de aspecto grácil, afable, risueño y hasta tímido, esconde, en cambio, una de las mentes más imaginativas, preclaras y visionarias de cuantos directores existen hoy en día. Su gran obra, que abarca más de 25 años, es un referente universal por la seriedad, respeto y calidad que desborda, fruto de una maestría que ningún otro de su gremio ha conseguido ni siquiera igualar. Su aspecto benevolente, casi frágil, contrasta poderosamente con sus historias, duras, profundas, desgarradoras, inconformistas, y sin embargo todas ellas poseedoras de una sensibilidad absoluta. Pero sobre todo, este gran artista lo que ha conseguido, lo que ha expuesto al mundo -desgraciadamente poco trascendente por su condición de videojuego- es uno de los mayores gritos de paz que se han escuchado jamás, así, sin más.
La Guerra Fría entre Estados Unidos y la antigua URSS supuso para el mundo una amenaza jamás vista antes, más peligrosa aún que la Gran Guerra de la que acababa de salir la humanidad. El fantasma nuclear estaba más presente que nunca, y el temor a un estallido de las hostilidades entre los dos grandes ejes era una pesadilla que se cernía sobre la población mundial. Se dice que el máximo de tensión en este absurdo conflicto llegó con la famosa crisis de los misiles nucleares de Cuba, momento, según los entendidos, en el que el mundo ha estado más cerca del apocalipsis atómico. Y Kojima, que nacío en 1963, en plena Guerra Fría, inicia su gran creación en ese instante, y alrededor de esa amenaza de la que el ser humano jamás estará libre. Probablemente, su fijación por todo lo que rodea la tecnología nuclear se deba a que pertenece al único país que ha visto y padecido un ataque atómico. Las tragedias de Hiroshima y Nagasaki dejaron una impronta imperecedera en el pueblo japonés, y no es de extrañar que su Constitución sea de corte pacifista, y excluya cualquier ejército con fines bélicos; un país que realmente aprendió de la Historia, al contrario que la mayoría. En la última parte de su saga hasta ahora (‘Peace Walker’, 2010), Kojima hace hincapié en ello, en los países que proclaman la paz desde la misma base de su ordenamiento jurídico, y sitúa la acción en Costa Rica, país ejemplar que carece de cualquier ejército, ¡que alcanzó la paz sin militares! Parece mentira que el resto de países no aprendan de estos regímenes pacíficos.
El profundo sentimiento anti belicista de Kojima impregna cada plano, cada secuencia, cada diálogo de su obra, y sus dos grandes personajes -héroes ontológicos, inolvidables, dedican su vida exclusivamente a acabar con la amenaza nuclear. No tienen país, ni ideología, ni bandera (pese a que en un principio sirven lealmente a su patria, a su misión, pero se darán cuenta de que una patria es sólo de los que la manejan), son seres denostados, atormentados por la traición de sus países a sus propios principios, y Kojima pone de relieve, nos lanza a la cara, que absolutamente ningún Estado merece la más mínima reverencia, ninguna obediencia, que todos somos meros peones para sustentar las ambiciones y ansias de dominio de sus dirigentes. Es una bofetada a la servidumbre, a la mentira con la que es inoculado el pueblo (hay un momento donde alguien se pregunta que si todo es mentira, dónde está la verdad, a lo que obtiene como respuesta: “la verdad está ahí, oculta entre todas las mentiras, sólo hay que buscarla”).
La paz, ese anhelo de millones de personas parece casi imposible sin un término que Kojima introduce reiteradamente en sus trabajos y sobre todo en el último, la “disuasión”. ¿Qué es esto? Simplemente la posesión de un armamento lo suficientemente poderoso para “disuadir” de posibles ataques enemigos. Esto lleva a un hiperdesarrollo de la armamentística de cada estado para evitar una agresión, a través del miedo a su arsenal militar y nuclear. EE.UU, cómo no, son los que más lejos han llevado este concepto, ¿alguien se atrevería a atacar y declarar una guerra abierta a una de las potencias nucleares? (excluyendo fanáticos radicales que actúan más por fe que por otra cosa). Mientras el concepto de disuasión exista, dice Kojima, existirán países belicosos, con armamento suficiente para declarar una guerra a gran escala.
Su última entrega (ya está en camino la próxima, ‘Metal Gear Solid: The Phantom Pain’, cuyo magnífico tráiler podéis ver aquí. Aparentemente se erige como la más trascendental y de gran calado revolucionario de las 7 que conforman la colosal obra del genio japonés; es la más comprometida con su mensaje, donde nos habla abiertamente de paz, sin tapujos, de la utopía de un mundo sin fronteras, de la rebelión contra los poderes totalitarios que dominan cualquier país (hasta los democráticos, inmersos en dictaduras encubiertas), de que a veces una revolución es preferible a la opresión, que la mansedumbre sólo lleva a ser manejados como viles corderos. Y el gran héroe (Big Boss), ese militar condenado a luchar en la clandestinidad por la traición de su gobierno y su país (al fin y al cabo, todo gobierno y todo país acaba abandonando a aquellos que dice amparar), es comparado con los grandes libertadores suramericanos como el Che o Sandino, no por sus ideales políticos (aquí no hay política que valga), sino por su concepto de libertad y sobre todo de paz, por romper las fronteras que hacen del mundo un lugar verdaderamente peligroso. Ese era el sueño e ideario del gran personaje que arranca la saga, y son sus discípulos los que deberán encargarse de cumplir esa quimera. Kojima lanza al mundo la cuestión más simple pero también la más compleja: ¿por qué se fracturó en mundo? ¿no hubiera sido más fácil dejarlo como estaba? Esto es extensible a cualquier frontera, a cualquier país. La guerra es lo que el ser humano ha usado como herramienta para definir esos límites, unos límites que acotan no sólo la libertad y la razón, sino la paz, que se ve presa por esos muros que los beligerantes gobiernos han levantado a lo largo de los siglos.
Ese es el mensaje de Kojima, su gran legado, incomparable, humano, necesario, imperecero.
Pero ‘Metal Gear’ no es sólo una llamada a la “paz perpetua” (la alusión a la obra de Kant es inevitable), es una obra maestra absoluta. Probablemente una de las pocas que alberga este joven arte. No ya sólo su argumento y su inigualable calado humano, sus personajes son antológicos, llenos de matices y con un una personalidad que los hace aún más humanos. Pero otro de los grandes logros de la obra de Kojima se pone de manifiesto cuando demuestra el gran amor que le procesa al cine (y precisamente por esto ha recibido ciertas críticas absurdas). Las secuencias cinemáticas destilan cine por todos los poros, con un manejo de cámara admirable, y con constantes guiños a los colosos de la acción del llamado séptimo arte (‘Terminator’, ‘Jungla de cristal’, ‘1997, rescate en Nueva York’, ‘007’, ‘Predator’). Es un auténtico espectáculo admirar el conjunto de cualquier parte de la saga, su guión, su ritmo, su música, su intensidad, y hasta una emotividad en momentos insoportable hacen de ‘Metal Gear Solid’ la mayor y más completa experiencia que puede ofrecernos este joven arte.
La paz como pieza central de la obra, como el estado al que debe aspirar el ser humano, pese a que no sea algo inherente a él. ‘Peace Walker’ abre con la siguiente cita, reveladora de lo subyacente en el juego:
“La paz entre los hombres que viven en sociedad no es un estado natural. Por el contrario, el estado natural del hombre es la guerra. Guerra que se manifiesta no sólo como hostilidad abierta, sino también como una amenaza constante de hostilidad. La paz, por lo tanto, es un estado que debe establecerse por ley.” (Inmanuel Kant, ‘La paz perpetua’ – Capítulo 2).




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